
Septiembre es un mes especial para ARCORES Venezuela. No solo celebramos un año más de vida como familia solidaria, sino que también hacemos memoria del regalo más grande que nos inspira: el carisma agustiniano.
Vivir al estilo de San Agustín es más que una espiritualidad; es un camino de encuentro. Nos recuerda que no podemos caminar solos, que necesitamos de la comunidad, del apoyo mutuo y de la certeza de que el amor es el motor que transforma las realidades más difíciles.
Por este motivo, compartimos algunos testimonios de personas que integran nuestra familia y que día a día viven con un corazón inquieto:
“Como joven vivo mi carisma agustiniano abrazando los valores y principios inspirados por San Agustín. Esto implica un profundo compromiso con mi comunidad, fomentando relaciones basadas en el respeto, la tolerancia, la humildad y el amor. También para mi significa participar activamente en la comunidad, contribuyendo al bienestar y buscando construir una Iglesia más unida.
Además, vivir el carisma agustiniano me lleva a una búsqueda constante de la verdad y un compromiso con la interioridad. Esto se logra cultivando una conexión con Dios a través de la oración, la reflexión y el diálogo sobre la fe y los valores.
Los jóvenes agustinos estamos llamados a ser activos y entusiastas, evitando la negatividad y abrazando el futuro con esperanza. Nos preparamos a través del estudio, especialmente de las enseñanzas de San Agustín, y encarnamos el espíritu agustiniano en nuestra vida diaria.
En resumen, vivir el carisma agustiniano es un camino de crecimiento personal y comunitario, guiado por los valores de San Agustín y adaptado a la realidad de los jóvenes de hoy”.
Maria Benitez, JAR.
“Mi experiencia como voluntaria en Arcores ha sido profundamente transformadora, permitiéndome vivir el carisma agustiniano de una manera tangible y significativa. A través de este servicio, he descubierto la riqueza de trabajar en comunidad, donde cada acción, por pequeña que sea, se entrelaza con la de los demás para crear un impacto mayor. He aprendido que la solidaridad no es solo dar, sino también recibir, y que el amor al prójimo se manifiesta en la escucha, la empatía y la presencia. Este voluntariado ha fortalecido mi fe, recordándome que servir es una forma de encontrar a Dios en el rostro de los demás, especialmente en los más necesitados. En cada actividad, he sentido que formo parte de algo más grande, una cadena de amor que trasciende las fronteras, uniendo a personas con un mismo ideal: construir un mundo más justo y fraterno, tal como lo soñaba San Agustín”.
Annier Portillo, Voluntaria.
“En la Fraternidad Seglar Santa Magdalena de Nagasaki en Orlando vivo el carisma agustiniano como un regalo que me enseña a no caminar solo. Descubro que seguir a Cristo al estilo agustiniano no se limita a los momentos de oración o a los encuentros fraternos, sino que se extiende a cada gesto de servicio, de comunión y de esperanza que compartimos. Junto a mis hermanos descubro la alegría de buscar a Dios en comunidad, de servir con amor y de confiar en que nuestro corazón solo descansa en Él”.
Kuaimare Velazco, Fraterno Seglar.
Hoy más que nunca, necesitamos seguir caminando juntos. Porque cuando un corazón se mueve, otros se encienden, y es allí donde la solidaridad se convierte en vida compartida.



